Entre dos tierras

Hace casi cuatro años volví a Zaragoza con el corazón roto y el autoestima destrozada, después de vivir tres años y pico en Cataluña (incluyendo unos meses en Madrid), uno en Vitoria, uno en Zaragoza, uno en Bulgaria (incluyendo un mes en Francia)… Se me ha olvidado la cantidad de mudanzas que hice en esas fechas y perdí hace ya tiempo la cuenta de las cosas importantes que pasaron antes de volver. Pero retorné, recogí mis pedazos, me reencontré de nuevo e, incluso, me descubrí.

Cuando volví juraba y perjuraba que no me iría de nuevo, estaba harta de los periplos internacionales, de las maletas demasiado cargadas, de no saber qué ponerme para cubrirme del frío, de la humedad, del calor; de la distancia. Y, como todo lo que pasa en la vida, sin planificar, sin avisar, sin buscarlo, apareció la única razón que excusaría suficiente mi marcha: un nuevo proyecto de vida.

Y ¡pof!, de repente, vuelta a empezar: las maletas sobrecargadas, las palizas de bus, las horas perdidas delante del teléfono, las despedidas, el no saber qué hacer, qué comer, qué ponerse, el señor que habla raro, la señora que te mira no sé cómo…

Todo eso, con añadidos, planes, muchos planes, jugar a imaginar, a soñar, reír sin jugar, los desartalados del idioma, entender que croquetar en español no existe, despedirte de la gente diciendo “por última vez” en lugar de “otra vez”, que “tortilla” no se refiera a algo con huevo y que la cerveza sea (casi) más barata que el agua.

De todas las veces que me he mudado (y han sido muchas, muchas), esta ha sido la primera vez que he optado por contratar un servicio de mudanzas. Quizá porque esta la siento definitiva, o por la distancia, o porque ya sabía donde iba a vivir o por todo a la vez… Y ahora estoy en mi casa, con las paredes desnudas, el armario vacío y la duda de qué historia contará este piso a partir de octubre.

Vomito. Punto primero.

Observo la vida en blanco y negro con la mirada envuelta en melancolía. Pienso en las cafeterías, los bares, las calles, los escaparates que dejarán de formar parte de mi realidad cotidiana cuando me marche. Cuando me marche… Ese momento cercano pero indefinido en el tiempo que parece significar algo, pero no se refiere a nada en concreto. Se trata de un vórtice que lo traga todo sin llevarnos a ningún sitio.

Fantaseo con que algún día me encuentres, me leas y volvamos a conectar como entonces. No será posible. Se te acabará el aire, dejarás de hablarme y me invade una tristeza marítima, que recorre en oleadas mi cuerpo.

Eras del Atlántico, ya me lo habías confesado y yo nunca te creí. Quise que fueras de mi Ebro y acabaste siendo del Manzanares; ya ves tú, ironías de la vida, la preciosa ciudad gris de la que querías escapar y a la que yo después soñé con volver.

Mis dedos galopan por el teclado, las ideas fluyen convergen salen disparadas. No sé de qué quiero hablar, solo lo que quiero decir y lo suelto, sin que importe algo, sin que importe mucho. Disparar a la pantalla y al teclado, que se impriman en negro las letras, que se publiquen, que salga, que se acabe, que me creen en otra, que estoy harta de esta.

Día 1: “Me acuerdo…”

Me acuerdo del silencio del motor tras parar el coche, del cigarrillo que me tendías, de estirarnos en el asiento; de terminar el día.

Me acuerdo de la mueca de tu cara justo antes de ponerte a reír, del fruncido exacto de tu nariz.

Me acuerdo de tus rizos, del tirabuzón de la parte derecha, de verlos cortos.

Me acuerdo del abismo.

Me acuerdo de la sensación de amistad eterna, del querer estar siempre presentes; del miedo a que no ocurriera.

Spoiler: se nos acabó el amor antes que la vida.

Un mes de escritura

Elena Medel, conocida escritora y editora española, ha propuesto en Instagram un reto para este mes de agosto titulado “Un mes de escritura”.

Cada día en las stories dará una sugerencia para inspirar un texto corto e inmediato (o algo más allá como fotografía, dibujos…).

Después de leer la propuesta de hoy, he tenido muy claro sobre qué quería escribir y cuando me he sentado delante del ordenador las ideas han fluido sobrepasando la idea base del ejercicio. El resultado final han sido tres propuestas distintas del mismo texto. En la siguiente entrada publicaré una de ellas.

Tengo la intención de publicar cada día, al menos, una versión de lo que escriba.

A ver qué tal se nos da…

Antes de emigrar (I)

Necesito una fecha para irme, porque esta espera me está carcomiendo por dentro.
Me gustaría tener la fuerza suficiente para dedicar un día entero a hacer todo lo que tengo pendiente y a solucionar todas las incertidumbres y los procesos en los que estoy embarcada. Y aunque sé que es imposible y que no me valdría de nada porque no sería tiempo suficiente me presiona en el pecho un deseo de estallar y tener que tomármelo, reclamar ese tiempo como propio y dejar atrás esta pena de un maldita vez.

He escrito muchísimos textos llorando mi pasado, gente que estuvo y ya no estaba, ni estará; cosas que pasaron y me hicieron daño; parece que he hecho girar mi vida en torno a las cicatrices que otros me habían dejado de recuerdo. También he escrito muchísimos textos hablando del futuro, preocupándome en la mayoría de las dificultades que traerá para acabar con una idea positiva, una sensación dulce que regalar a quien llegase al final. La verdad es que nada arregló ese pasado y mucho menos adelantó soluciones al futuro (nunca busqué soluciones, solo parches al miedo).

Todo esto que escribo hoy tiene que ver con el proceso en el que estoy inmersa que no es otro que marcharme. Tengo pensado dejar a mi familia, a mis amigos, mi trabajo y mi casa. Tengo pensado irme a otra casa, con otros amigos, con otro trabajo* y, sobre todo, con otra familia. Mi chico y yo queremos estar juntos físicamente y, en este momento, su país de origen es la única opción.

(Me pregunto si alguna vez mis hijos vivirán sin ir a trabajar y solo viajando por el mundo)

Ante esta nueva fase vital, me enfrento a un montón de preguntas y, especialmente, a una que me empequeñece: ¿quién eres? Es difícil definirse a uno mismo, pero cuando una tiene el autoestima como yo, empeñado a plazos en diferentes sucursales “Juicios gratuitos”, “Gente guay”, “Físicos imposibles”, “Abraza tu diferencia”; en los momentos bajos resulta casi imposible.

Cabecita loca… ¿Quién vas a ser en ese nuevo lugar al que vas?

 

Antes de viajar…

Dice mi compañero de piso que antes de viajar es normal estar más creativo. Y él tiene que saberlo, además de ser artista viaja regularmente por todo el mundo. Nos faltan verbos sinónimos de “viajar”. A mí me gusta mucho porque se va un mes y medio a Argentina (invierno) con lo que cabe en una maleta de cabina. Yo me voy un mes a Alemania (verano) y creo que me voy a quedar sin espalda. Supongo que todo influye: básicamente la edad y la experiencia.

Pues aquí estoy, a casi la 1 a.m. del día que salgo (ya duermo menos de seis horas), escribiendo. Escribiéndome. Describiéndome. Qué bonita es la lengua y qué de cosas se pueden hacer con ella. Estoy pensando que si no doy difusión a este blog no lo leerá nadie. Y que para eso igual no es necesario un blog. O al menos uno público. Pero sería gracioso que alguien lo encontrara. Y comentara. Y que después de lo hiciera otro y otro. ¿Los blogs que no se leen existen? Supongo que sí porque ocupa una URL, que igual se la estoy levantando a alguien, por otra parte. Quizá podrían haber llegado antes. Que se busquen otra.

Me apetece escribir y divagar en este espacio. Bueno, ahora realmente me apetece dormir que estoy que me caigo de sueño, aunque sospecho que no voy a poder hacerlo mucho..